La bondad implícita

En todas las experiencias que la vida nos brinda hay una bondad implícita. Aunque a priori pueda resultar difícil aceptar que esto es cierto incluso para las experiencias más duras, puede ayudarnos el reconocimiento de que al fin y al cabo la realidad no es otra cosa que la plasmación de nuestra concepción -consciente o inconsciente- de la misma. Si no existiera tal plasmación holográfica de lo que está en nuestras mentes, no habría posibilidad ninguna de crecer en consciencia, aprender y evolucionar. Así pues, afirmo nuevamente que hay una bondad implícita en todas las cosas y experiencias, y que el reconocimiento de esta verdad nos conecta con la idea de que podemos ir más allá del concepto polarizado o dual de nuestra propia experiencia y auto-otorgarnos la licencia de observarnos a nosotr@s mism@s desde el centro mismo de la aceptación. Cuando somos capaces de llegar a este punto -ciertamente un punto de inflexión- el descubrimiento de aspectos de nosotr@s mism@s deja de ser doloroso y se convierte en algo fascinante. Curiosamente, cuanto más armónica y resonante se vuelve esta idea para nosotr@s, más bondadosa, feliz y armónica se vuelve la vida para nosotr@s. La bondad se potencia a sí misma mediante la bondad ¡Cuánta belleza y sentido hay en este mecanismo!


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